lunes, 16 de julio de 2012

Max is back!


Si Kafka levantase la cabeza...





Estoy seguro de que les sorprenden dos cosas, amigos y lectores. La primera de ellas ha de ser mi prolongada ausencia. La segunda, mi reaparición. La señorita Pérez Gil iba a despedirme. Al parecer, mi intervención en la promoción de su obra había sido plenamente satisfactoria y por lo tanto no requería de mis servicios.

- ¿Está segura, señorita?- Me miró como se mira a un gusano. Un gusano al que se le ha tomado aprecio, pero un gusano al fin. Yo no me inmuté.
- Completamente, Max. No puedo permitir que se me relacione con un chimpancé borracho cuya debilidad por las mujeres le ha llevado a lugares que ni siquiera me atrevo a mencionar.
- Y no se olvide de mi afición a la bebida.

Tras este último comentario, la señorita Pérez Gil alzó una ceja. No es una mujer cinematográfica, los grandes gestos le sientan mal. No imposta con naturalidad. Además, yo la conozco. Y no es tonta. Se había dado cuenta de que mis escasos honorarios podrían ofrecerle mucho más de lo que le habían dado hasta el momento.

- ¿Qué te traes entre manos, Max?
- Nada aún, pero permítame husmear unos días y quizá se sorprenda.

La jefa estaba ya a punto de perder la paciencia cuando llegué con esta entrevista. No fue fácil dar con el sujeto. No en vano lleva muerto desde 1924. Sin embargo me puse manos a la obra y le encontré. Franz Kafka no sólo se portó como un verdadero señor, sino que me dio mucho más de lo que yo esperaba. Agradecido, quizá, de que no le preguntase acerca de metamorfosis, castillos ni de su padre.

Habíamos quedado en encontrarnos en un café de Praga. En el espejo, debo decir, la realidad es parecida a la suya, estimados lectores. Un poco más oscura, un poco más retorcida, un poco más difusa. Y no, el niño Jesús praguense no orina hacia arriba, por si se lo preguntaban. Está ocupado ordenando su armario.

Enseguida me di cuenta de que Franz no estaba contento. De brazos cruzados, como en la mayor parte de las fotografías que se le conocen, miraba en mi dirección sin ninguna piedad. No me había dado tiempo de desabrocharme la gabardina, estudiaba con curiosidad su gesto hosco, ese talante suyo, los rasgos archiconocidos, cuando escuché su voz estridente y un poco femenina –discúlpenme las damas-.

- Detesto las entrevistas. Si le dedico un solo segundo de mi tiempo es porque sé para quién trabaja.

Me sorprendió su declaración. Sabía que mi jefa es conocida en el espejo. No en vano lleva entrando y saliendo de él desde su más tierna infancia. Por no hablar de que es ella misma quien cobra los alquileres, pero aquel arrebato del señor Kafka me dejó KO.

- No entiendo cómo ha pasado. De alguna manera extraña sus inquilinos estaban un puesto por delante de mi Metamorfosis. Quizá le parezca una niñería, pero no me sentó bien. Toda la vida escribiendo y toda la muerte esperando, para que una advenediza de ojos verdes y sonrisa inocente me adelante con una obrita menor.
- Hombre –intenté- menor…- Los Inquilinos del espejo es una colección de relatos muy cuidada…
- ¡Por supuesto! ¡No faltaba más! ¿Y qué? ¿Es que una obra cuidada y en pañales puede medirse con la que quizá sea la novela corta más conocida de el siglo XX? ¿Es eso justo?

Para entonces ya me había quedado claro que la muerte no le había sentado bien a Franz. Seguramente dentro del espejo habrá dejado de escribir y por eso le salían las palabras de la boca a borbotones.

- ¡No, señor! ¡No es serio! Yo debería codearme con Fédor, con Marcel, con Jean Paul incluso. Y no es porque sea mujer. Es que lo de las listas de Amazon no tiene fundamento. Les escribí ¿sabe usted, señor primate? Les escribí para enterarme de cómo funciona eso de las posiciones de los más vendidos. Y resulta que las ventas más recientes “pesan más” que las más antiguas. Así que si yo llevo vendidos mil ejemplares de mi Metamorfosis y su jefa ha vendido 100 pero los ha vendido más recientemente, sus 100 la colocan por delante de mis mil…

Creo que ni siquiera se enteró cuando me marché de allí. Siguió perorando, enfadadísimo. Yo salí del espejo por la puerta de atrás, garabateando notas en mi libreta para presentárselas a la jefa. Se me ocurrió que quizá no le gustase el artículo, pero me equivoqué. Mientras leía mi caligrafía horrenda, Alicia asentía. Incluso sonrió en un par de ocasiones. “¿Sabes, Max? Es una suerte que todo esto haya salido de las fauces del mismísimo Kafka. Si lo hubiera dicho yo…”

7 comentarios:

Iván Hernández dijo... at 16 de julio de 2012, 17:24

¡Cómo se pone! Parece más molesto que un autoeditado con una mala crítica :-P

Alicia Pérez Gil dijo... at 16 de julio de 2012, 17:30

Si es que son de un divooooooo ;-)

Quanta dijo... at 16 de julio de 2012, 21:36

Vaya..., así que Amazon sigue las enseñanzas de Jesucristo?

Lo digo por lo de que según parece "los últimos serán los primeros" :-)

Entonces la tecnica de mercadotecnia óptima es: subir muuuuuchos títulos de novela muuuuy corta, a razon de uno por mes, y seguro que copas el top 10.

(vaya, soy un bocazas, ahora todos van a copiar mi idea y esto de Amazon va a pegar un petardazo de dimensiones galácticas)

Alicia Pérez Gil dijo... at 17 de julio de 2012, 9:24

Si es que no sabes callarte, tío...
Esto se decía en petit comité y nos hacíamos no de oro, sino de fama mundial :)

Quanta dijo... at 17 de julio de 2012, 23:14

Falens, bórralo antes de que nadie se de cuenta y nos ponemos a ello. No se si Amazon aceptará una obra de solo 2 páginas como "libro" :-)

mientrasleo dijo... at 18 de julio de 2012, 22:10

Muy divertido, me ha gustado el frescor que destilas :)
Un abrazo

Alicia Pérez Gil dijo... at 19 de julio de 2012, 9:39

Muchas gracias!
Cualquier cosa para no morir de horror durante la promo.

Gracias por pasarte!!! Y por pedirte una parcelita :)

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