domingo, 19 de agosto de 2012

Alas de pollo y madres sicóticas



No me gusta hablar con niños. No les entiendo, no buscan los mismo que los adultos, no les puedo callar metiéndoles el puño en la boca, no puedo emborracharles y olvidarme de ellos. Por eso detesto a Malcom Voice, el adolescente del Espejo. El único que me persigue cuando baja a buscar alguien con quien hablar.

Malcom, el crío Irlandés superdotado al que nadie quería. Me crispa los nervios con sus quejas continuas, así que cuando llaman a mi puerta con la fuerza de un mosquito procuro permanecer en silencio y me encomiendo a quien haga falta para que se de por vencido y se vaya. Casi nunca lo consigo. El mocoso espera o se cuela en casa sin vergüenza ninguna. llega hasta el sofá, me zarandea hasta que me despierta y se sienta en la mesa a contarme sus penas... Como si me importaran.

Hace tiempo que me he dicho que la próxima vez le daré un bofetón y me quedaré más ancho que largo. A la jefa no le gustará, pero ella no vive con nosotros. La jefa quiere resultados. Así que, si me pregunta algo, le recomendaré una temporadita entre sus engendros, a ver qué tal le sienta.  De todas maneras, por una razón o por otra, termino por no pegarle. Y no será porque no se lo merezca. Dios, ese crío tiene todas las papeletas para una buena tunda.

Quizá no pegarle haya traído algo bueno. Hace dos noches se coló de nuevo en mi apartamento. Esa noche dormí solo. Demasiadas noches duermo solo, últimamente. Empiezo a pensar que el trabajo fijo me está ablandadndo. Incluso siento la cabeza un poco más despejada, y el otro día me tomé un desayuno completo... Definitivamente, algo va mal si empiezo a convertirme en un chimpancé de provecho... El caso es que el chaval se coló en casa. Trató de no hacer ruido, pero yo estaba despierto. Cuando me acuesto solo no concilio el sueño con la rapidez que me gustaría. 

- ¡Eh! ¡Max! Ven conmigo. Tienes que ver esto.

Todos los pelos de mi cuerpo me pedían que le mandara muy lejos, pero caí en la cuenta de que no se había presentado con su rosario de lagrimeo habitual, así que, como mi alternativa era seguir apretando el mando de la tele hasta que la pantalla me devolviera una buena dosis de carne prieta, apagué el aparato y le pregunté de qué se trataba.

- Es Laura. Está en la pollería.

- ¿A estas horas?

Laura es una de esas chicas... ¿cómo decirlo? Una de las que hacen girar las cabezas. O lo haría si su madre le permitiera salir a la calle. Se quedó embarazada muy joven y desde que nació su hijo está pagando por su error. SU madre no se acuerda de cómo la educó. En realidad, no recuerda que no fue ella quien la educó. Ella no estaba. La pollería se llevaba toda su atención... Y cuando Laura llegó a casa con el bombo a su madre no se le ocurrió nada mejor que echarle la culpa a todo el mundo menos a sus ausencias. La pobre chica vive enterrada entre el piso y el puesto del mercado. Me extraña que no se haya... Aunque está casi muerta, no habría mucha diferencia entre un suicidio y la vida que vive.

Salí en mangas de camisa, los tirantes sueltos, caídos por encima de los pantalones. Tampoco esperaba encontrar mucha gente en la calle a esa hora un día de diario. Y no la encontré. 

Desde el escaparate, la pollerita miraba sin descanso doce alas de pollo que había cortado y alineado cerca de la báscula. Levantó la vista un momento, se sopló el flequillo moreno y puso los brazos en jarras.

- ¿Qué, Max? ¿Buscando cotilleos para ese periodicucho?

Malcom se rió a mi lado. Le ignoré.

- Ya sabes de donde sale mi sueldo, encanto. La jefa quiere carnaza. Dice que eso es lo que vende y yo estoy aquí para vender. Igual que tú.

- Tú y yo no vendemos la misma carne, mono.

- Si tú lo dices. Pareces nerviosa ¿Puedo ayudarte en algo?

- ¿Ves estas alitas de pollo? Son 12. Mi madre las ha mirado durante un segundo. Un segundo, Max. Un solo segundo. Dice que una de ellas pesa más que las demás. Me ha dado la oportunidad de pesarlas tres veces para averiguar cual es la diferente.

- ¿Y si no?

- ¿De verdad quieres saberlo? Yo no.

Tenía razón, la chica. Su madre era capaz de cualquier cosa. Nadie sabía muy bien por qué, pero si había amenazado a Laura, cumpliría su amenaza. Fuese cual fuese.

- ¿Puedes ayudarme, bola de pelo?

- Yo no, pero puedo preguntar por ahí.

- Pregunta si quieres. Ya sabes que hay premio.

- ¿Así que la jefa también tiene parte en esto?

- Esa zorra... Ella nos ha metido a diez de nosotros en diez líos diferentes. Sólo saldremos bien parados si resolvemos nuestro problemilla... Y el que nos ayude se lleva esa pareja de muñecos absurdos...

Bases y acertijos para el concurso
- Los he visto, esos que se parecen a Poe y la chica Lee... Sí esos.

Casi no oí las últimas palabras. Apenas las susurró mientras volvía su atención a las alas del pollo... Es una buena chica. En realidad casi todos son buena gente aquí abajo, así que si alguno de vosotros tiene la solución a sus problemas, ya sabe: que escriba un correo a inquilinosdelespejo@gmail.com. Quizá se haga con una pareja de muñecos y salvará de alguna maldición a los inquilinos. Como si no tuviera bastante esta gente con conocer sólo unos pocos días de su vida...



4 comentarios:

Quanta dijo... at 19 de agosto de 2012, 22:20

Hay al menos 3 formas posibles de resolver el acertijo de las alitas de pollo.

Aunque en realidad mi solución es la mejor: Después de salpimentarlas las pones a freir con unos trozos de ajo. Luego te las comes, y al finalizar respondes "la que pesaba más está aquí" y señalas a tu estómago. Nadie se atreverá a negar la veracidad de tu afirmación.

Alicia Pérez Gil dijo... at 19 de agosto de 2012, 23:41

Pues pué ser, sí...

Tonet de moatros dijo... at 20 de agosto de 2012, 17:09

Sinceramente no me gustan las alas de pollo!!!(Ana Gutiérrez )

Max K. How dijo... at 20 de agosto de 2012, 17:33

Menos mal que no hay que comérselas...
Personalmente prefiero la fruta.

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