sábado, 6 de octubre de 2012

Junta de vecinos





Me he levantado con la corbata puesta, lo que es una suerte, porque no creo que hubiera sido capaz de anudármela. La luz que se colaba por las rendijas de la persiana me hizo tanta gracia como descubrir, una mañana de resaca, que alguien te dio una patada en los huevos la noche anterior. Al rascármelos he constatado que los míos permanecían intactos. Aún así, la claridad me ha hecho polvo. Además, esas maderas carcomidas que siempre están bajadas no cumplen ninguna de sus funciones: ni me mantienen a oscuras ni evitan que se cuele el frío. Y ni siquiera recuerdo cómo se rompió el cristal. Con un poco de suerte una de las chicas le lanzaría un zapato barato en algún momento de pasión.

En corbata y mangas de camisa, con el pantalón más arrugado que un billete de dólar encontrado en el suelo de un bar de striptease y justo este día por delante. Ojalá fuera lunes. Los lunes el espejo está tranquilo. Será porque los lectores de la jefa leen más de camino al trabajo que tirados en sus sofás los días de descanso.

Hoy es sábado en nuestro bonito edificio. Es sábado y tenemos reunión de arrendatarios. La arrendadora ha dejado un mensaje en el contestador de la oficina ¿Qué por qué lo sé si no me he movido aún de la cama? Duermo aquí, en el sofá de la esquina. Tengo el timbre del teléfono incrustado en el cerebro y su voz melosa de cobarde se me ha pegado al paladar como miel agusanada.

- Max, cariño, abre esos ojos de una vez y reúne a los inquilinos. Ya es hora de avisarles. Y recuerda que el contrato lo redactó tu amigo el abogado, así que échale a él la culpa. Yo no habría garantizado tantas zarandajas. Ahora las notificaciones son cosa tuya.

- ¡Señorita del Leal! Dígale a su abuela que la reunión es dentro de diez minutos. Abajo, en la piscina.

- La abuela no está.

- Venga ya, niña. Esa mujer no ha salido de casa desde que os instalasteis.

- Pues ahora sí. Ha ido a comprarme el vestido de la comunión.

- Ya, y tu padre es marino y te felicita los cumpleaños con mensajes enviados en botellas. Ya nos conocemos, guapa. Déjate de milongas y baja con tu abuela. Es importante.

- Déjala. La abuela ya sabe que tiene que bajar.

- ¿Y tú qué?

- No puedo, Max. Esta tarde salgo. Tengo que arreglarme. Además… Ya se lo que vas a anunciarnos.

- Eres preciosa, Gilda, pero tienes que ir.  La jefa manda.

- Vas a decirnos que el día 31…

- Calla, calla. Las paredes oyen, ya lo sabes.

- ¿Y qué mas da que se enteren por mí o por ti?

- ¿Me lo preguntas en serio? Disculpa la pose, cielo. Me apoyo en el quicio para no caerme. Aunque hay que reconocer que me sienta bien ¿eh? Si sueltas una noticia de este calibre entre esta gente, aquí se monta la de Dios. Ya están bastante calentitos con la aparición de  los nuevos.

- Lo que tú digas, pero tengo que salir.

- Haz una cosa, por mí. Ya sabes, por lo nuestro.

- Nunca ha habido nada “nuestro”, Maxwell.

- Pero te habría encantado… ¿lo ves? Estás sonriendo.

- ¿Qué quieres que haga?

- Tráete a Ramiro. No será una reunión larga.

- Me lo pensaré.

- No te lo pienses mucho, te saldrán arrugas.

- Eso no es nada cortés. Mira a nuestra izquierda. Te espera la pollera.
- Yo te esperaré a ti, ya lo sabes.

- No se puede ser tan pelota, señor encargado. Las vecinas ya no te toman en serio.

- ¿Cómo a ti, Laurita?

- Yo no necesito que me respeten.

- Tampoco yo. Me conformo con que me metan mano de vez en cuando.

- ¿Sabes? Uno de estos días te voy a llevar a un parque de atracciones. Necesitas divertirte.

- Por supuesto. Iremos con tu abuelo, tendré un accidente y tú…

- Sí, lo que sea. El abuelo, mamá y yo bajaremos en un rato. No te preocupes.


Y aún me quedan siete puertas más. En serio, si tengo que mantener dos conversaciones más, me pegaré un tiro. No es que eso sirva de mucho en este lado del espejo, pero sería una distracción. Bien pensado, me vuelvo a la oficina, le doy un beso al cuello de la botella y sigo. La jefa dijo que me encargase, pero no que debía estar sobrio.

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