jueves, 20 de diciembre de 2012

Cultura: Bazbazul



Hablemos de Gilles de Rais, el hombre que inspiró ese cuento en el que la hermana menor de otras dos que no debían de tenerle mucho cariño y por eso, cuando el caballero de pésima fama llegó a casa de su padre con la intención de pedir a una de ellas en matrimonio, se lo encasquetaron a la más pequeña.

En esta historia el hombre se va de casa y deja a cargo de las las llaves de la misma a su flamante nuevas esposa. A cargo de todas las llaves, incluso de una que cierra la puerta de la habitación prohibida. Según sale por la puerta el marido, de espesa y azul cabellera, la mujer coge la llave, abre la puerta y descubre los cuerpos colgados y decapitados de las nueve esposas anteriores a ella. Todas Pandoras, muertas por culpa de su curiosidad (no, no por culpa de un marido sicópata, sino de su curiosidad). El marido vuelve, la mujer llama a sus hermanos, el amrido la acorrala, los hermanos llegan in extremis y ¡Zas! Barbazul decapitado.

Este es el cuento francés que los  Grimm introdujeron en su recopilación inicial y que hubieron de eliminar para que la antología fuese 100% alemana. El gato con botas, al parecer, corrió la misma suerte. Charles Perrault, escogió la vida y obra de Gilles de Rais para inspirar su protagonista. Este caballero, que peleó codo con codo con Juana de Arco y llegó a ser mariscal del rey de Francia, se dedicó hacia el final de sus días a secuestrar nños de entre 6 y 20 años para torturarlos, sodomizarlos, desmembrarlos, beber su sangre y alguna otra cosa que se me escapa. El detalle completo, aquí.
Es una lectura tan interesante como espantosa.

Cuando he visto el doodle enlazado más arriba me he dicho: escribamos un micro relato en el que...
Bueno, este micro - relato:

Barbazul

La novena y última esposa se aseguró de que la habitación quedaba cerrada tras ella. De entre las pestañas azules de su hombre le llegó un destello de lujuria, de maldad, que la clavó en el sitio. Él se lanzó sobre sus ropajes demasiado pesados, le rasgo el corpiño de brocado, le levantó la falda, perdió la mano entre las enaguas y juró cuando no supo abrirse camino hasta la piel. Ella, el cuello rígido, jadeante, le guió con avidez.

- A partir de ahora -susurró-. Yo guardo la llave.

A su espalda, al otro lado de la puerta, sus dos hermanas mayores gritaban, descompuestas, rodeadas por los cadáveres decapitados de las ocho esposas anteriores.


Lo que ocurre es que he encontrado la traducción de una parte de las confesiones de Gilles en su juicio y me han dado mucho más miedo. Y me cuesta admitir esto, pero es cierto que la realidad supera con creces a la ficción...


Yo, Gilles de Rais, confieso que todo de lo que se me acusa es verdad. Es cierto que he cometido las más repugnantes ofensas contra muchos seres inocentes —niños y niñas— y que en el curso de muchos años he raptado o hecho raptar a un gran número de ellos —aún más vergonzosamente he de confesar que no recuerdo el número exacto— y que los he matado con mi propia mano o hecho que otros mataran, y que he cometido con ellos muchos crímenes y pecados.

Confieso que maté a esos niños y niñas de distintas maneras y haciendo uso de diferentes métodos de tortura: a algunos les separé la cabeza del cuerpo, utilizando dagas y cuchillos; con otros usé palos y otros instrumentos de azote, dándoles en la cabeza golpes violentos; a otros los até con cuerdas y sogas y los colgué de puertas y vigas hasta que se ahogaron. Confieso que experimenté placer en herirlos y matarlos así. Gozaba en destruir la inocencia y en profanar la virginidad. Sentía un gran deleite al estrangular a niños de corta edad incluso cuando esos niños descubrían los primeros placeres y dolores de su carne inocente.

Contemplaba a aquellos que poseían hermosa cabeza y proporcionados miembros para después abrir sus cuerpos y deleitarme a la vista de sus órganos internos y muy a menudo, cuando los muchachos estaban ya muriendo, me sentaba sobre sus estómagos, y me complacía ver su agonía...

Me gustaba ver correr la sangre, me proporcionaba un gran placer. Recuerdo que desde mi infancia los más grandes placeres me parecían terribles. Es decir, el apocalipsis era lo único que me interesaba. Creí en el infierno antes de poder creer en el cielo. Uno se cansa y aburre de lo ordinario. Empecé matando porque estaba aburrido y continué haciéndolo porque me gustaba desahogar mis energías. En el campo de batalla el hombre nunca desobedece y la tierra toda empapada de sangre es como un inmenso altar en el cual todo lo que tiene vida se inmola interminablemente, hasta la misma muerte de la muerte en sí. La muerte se convirtió en mi divinidad, mi sagrada y absoluta belleza. He estado viviendo con la muerte desde que me di cuenta de que podía respirar. Mi juego por excelencia es imaginarme muerto y roído por los gusanos.

Yo soy una de esas personas para quienes todo lo que está relacionado con la muerte y el sufrimiento tiene una atracción dulce y misteriosa, una fuerza terrible que empuja hacia abajo. (...) Si lo pudiera describir o expresar, probablemente no habría pecado nunca. Yo hice lo que otros hombres sueñan. Yo soy vuestra pesadilla.


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