sábado, 1 de diciembre de 2012

Cultural: La llorona













































La llorona vaga por todo el sur del continente americano. En la mayoría de las leyendas que nos han llegado, la pobre mujer ha matado a sus hijos, ahogándolos. Hay otras, las menos conocidas, en las que una mujer de largo cabello negro y vestido vaporoso, blanco, anunciaba la caída de México a manos del invasor español.

En la versión mejicana más extendida, una mujer indígena y un caballero español se enamoraron y tuvieron tres hijos. La madre les adoraba puesto que habían nacido del amor. Sin embargo, el caballero español resultó ser muy español pero nada caballero, y rehusó casarse con la joven, para unirse en matrimonio a una dama española de noble cuna.

La madre de sus tres hijos, presa de la desesperación, se los llevó a un río donde los ahogó. Inmediatamente después, atenazada por la culpa, se mató. Desde ese día se oye el llanto de la madre cerca del río donde sucedió la tragedia.

De hecho, poco después del nacimiento del estado mejicano, se estableció un toque de queda a las once de la noche; se dice que porque se oía un lamento desgarrador en la plaza de la patria. Quien miraba por la ventana para ver de dónde venía el escándalo, qué mujer llamaba, desesperada, a sus hijos, veía un espíritu vestido de blanco que desparecía a la altura de Presa Calles.

Y esta es mi versión:

NO LLORES MÁS


La última vez que miró a su hijo, dormía. La toma de las once le había dejado la barriguita llena y los mofletes colorados, tersos.  Acostado en su cuna, listo ya para el viaje, parecía un Jesús de nacimiento. Tan rubio, tan blanco.

A ella aún le faltaban meses para recuperar su talla. Se puso un vestido de lana, suelto, mientras miraba con rabia la falda de tubo que no había llegado a estrenar la temporada pasada. Renunció a los tacones a favor de unas botas de agua más acordes con la lluvia que habría encharcado las calles y evitó mirar el portátil que descansaba en la parte de abajo del armario, junto a todas las demás cosas que volverían a su vida a medida que perdiera centímetros.

El padre de la criatura dormía: en unas horas se levantaría, sacaría el coche del garaje y lo conduciría hasta la oficina que ella ya no ocuparía. Se forzó a no mirar al bebé. No quería odiarle. Le había parido por su propia voluntad, le sacaría adelante mediante esa misma voluntad.

Ya en la calle un viento frío, desagradable,  arremolinaba jirones de niebla en sus tobillos. El bulto que llevaba entre los brazos respiraba tranquilo, olía a colonia  y a suavizante.

No veía nada. Sólo debía cruzar la plaza para llegar a la parada de taxis, pero se desorientó. El niño debió de notar la agitación de la madre, porque sacó una manita del envoltorio de mantas y gimió en sueños. Tras ese ruidito infantil, Lucía oyó otro. Un sonido espeluznante, gutural, a su espalda.

Se giró, pero la oscuridad y la niebla la dejaron ciega. De inmediato se lamentó por aquella vuelta refleja sobre sí misma. Ya no sabía hacia dónde debía caminar. Imposible encontrar el camino en aquellas condiciones. Se asustó tanto que el niño despertó por fin. Lloró como lloran los bebés asustados, con toda la energía de sus pulmones recién nacidos.

Entonces el aullido que había espantado a Lucía sonó de nuevo. Alto, vibrante, oscuro, muy corto, en la nuca de la madre, que sintió cómo un aliento húmedo le pegaba el pelo al cuello.

- ¿Has visto a mi hijo?

Clavada al charco en el que se había detenido, la niebla tan espesa que no distinguía sus propias manos, Lucía giró sobre sí misma. Frente a ella creyó ver la sombra de unos párpados cosidos, trazas de un gesto triste. Quiso dar un paso atrás, pero sintió el corazón pesado como un yunque y las piernas gomosas no le respondieron.

- Aquí te lo traigo.- Se oyó decir.

Las puntadas de los ojos se deshicieron, levantando trozos de carne seca cuando la muerta los abrió por primera vez en siglos; y unas manos huesudas, descarnadas, le arrebataron a la criatura que ya le tendía, mansa.  

Al padre le ingresaron y ya no recuperó el dominio de sí mismo. Ella tuvo mucho cuidado de no mencionar lo ocurrido, le devolvieron su puesto en la empresa y nadie, nunca, oyó de nuevo el lamento de la Llorona en la plaza.





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