miércoles, 23 de enero de 2013





La señora Pérez era una mujer que, más que vivir, cuidaba. Cuidaba de tres gatas, un loro, y un marido. Los cuidaba por este orden de importancia, aunque el esfuerzo y las preocupaciones iban en orden inverso.

Cuando la señora Pérez hablaba, las gatas la escuchaban, el loro le respondía, y su marido gruñía. Vamos, lo normal. Ella daba gracias al cielo por sus gatas y su loro, y suspiraba por su marido, derrotada.

La señora Pérez salía poco a la calle, compraba casi todo por teléfono, después de mirar todas las revistas a las que estaba suscrita, de decoración, de moda, de cocina, hasta de jardinería, a pesar de vivir en un quinto piso de un barrio que tenía parques de cemento y donde la hierba era algo que se fumaba y no era verde.

Cuando la señora Pérez salía de casa, lo hacía con un claro objetivo, pasear por el centro comercial, entrar en las tiendas de ropa y complementos, rebuscar en todas las ofertas y rebajas, y volver a casa con alguna cosa que le hiciera sentirse bien, a veces un bolso, otras un vestido, muchas veces unos zapatos. Tenía tantos zapatos que si alguna vez los hubiese estrenado, podría ponerse unos diferentes cada día y acabarse antes el otoño que sus zapatos de temporada.

La señora Pérez fue al centro comercial una tarde de invierno, justo al inicio de las rebajas, contando con ser quien más rebuscase en los estantes, anhelando luchar con alguna persona por un jersey o unos guantes, aunque no pensase en comprarlos. Después de sus gatas y su loro, pelearse en las rebajas era lo que más le gustaba, y si la otra oponía resistencia mucho mejor.

Cuando la señora Pérez entró en la tienda y levantó la vista, fue como un flechazo. Allí, delante de sus ojos, estaba el abrigo rojo más bonito que nunca había visto. De repente sintió que se ahogaba ante tal perfección, y se desabrochó el abrigo de siempre, ese que su marido decía, por joder, que era un abrigo salchicha.

La señora Pérez se acercó, lo miró, lo tocó suavemente, con deseo, y suspiró pensando “este es un abrigo en el que cabríamos mis niñas y yo con dos jerséis gordos”. Con miedo de que alguien más se enamorara de él, se acercó rápidamente al mostrador y le dijo a la dependienta que se llevaba el abrigo rojo.

Cuando la señora Pérez entró en casa, el loro le dio la bienvenida, como siempre, con un graznido que decía “¡hola, mami!, y su marido, como siempre, siguió mirando la tele. Sin embargo sus tres niñas, sus gatas, en lugar de ocupar su lugar en el sofá, estaban mirándola y bufando, como si algún animal salvaje las amenazara.

La señora Pérez no le dio mayor importancia a los bufidos y fue a la habitación a cambiarse y colgar el abrigo rojo en el armario. Una vez en la habitación se lo pensó mejor y quitando la chaqueta de su marido puso el abrigo en el galán de noche para poder admirar su buena hechura. Después de un rato, a pesar de la tentación de ponérselo, decidió ir a hacer la cena, primero la de sus niñas, y por último la del loro, porque su marido por las noches con una cerveza y una bolsa de patatas ya tenía suficiente.

Cuando la señora Pérez despertó esa madrugada, sobresaltada, desorientada, asustada sin saber porque, su mirada se dirigió al galán de noche. El abrigo rojo, en la extraña claridad nocturna que ofrecían las luces de la calle, parecía un cuerpo sin cabeza, parecía un cuerpo sin piernas, parecía un cuerpo sin vida, y parecía que se movía sin que nadie lo moviese.

La señora Pérez se quedó sin respiración al darse cuenta de que, efectivamente, el abrigo se movía, lentamente, por partes, como si alguien se lo estuviese ajustando, como si alguien estuviese mirando que tenía en los bolsillos, como si alguien se lo estuviese abrochando.

Cuando la señora Pérez encendió la luz, el abrigo rojo no se movía, pero tampoco estaba como ella lo había dejado al volver de la tienda, estaba abrochado, con el cinturón entallándolo, y abultaba como si hubiera algo debajo que no fuesen las maderas del galán de noche. Definitivamente, pasaba algo raro con el abrigo rojo.

La señora Pérez, con esa valentía suicida que te da el pensar que es imposible que pasen cosas así de raras en la vida real, desabrochó el cinturón, desabrochó los botones del abrigo, y lo abrió. Lo que vio la dejó petrificada, porque no estaba soñando, y sin embargo bajo el abrigo había, uno encima del otro, dos de sus jerséis más gordos de invierno, encima uno gris marengo, y debajo de él otro de color teja.

Cuando la señora Pérez volvió a respirar, segundos antes de ponerse de color azul me muero, a un minuto escaso de ponerse de color blanco estoy muerta, el aire que pudo inhalar le sirvió lo justo para apreciar que, bajo los jerséis gordos, algo de extrañas formas se movía.

La señora Pérez dio un paso atrás en el momento en que, por encima del cuello del jersey gris, aparecía una de sus niñas, la pequeña y más traviesa, seguida de la mediana que se asomó por el otro lado, mientras la mayor se descolgaba por la cintura y la miraba como diciendo “teníamos que investigar al enemigo, mami”.

Cuando la señora Pérez estaba a punto de regañar a sus niñas mientras se reía con sus travesuras, el abrigo rojo se cerró por sí solo, se abrochó los botones por sí solo, se ciñó el cinturón por sí solo, y mientras los maullidos crecían en intensidad, el abrigo rojo estrechaba el cinturón cada vez más, un agujero más cada vez, una talla menos en el cuerpo, hasta que ya no hubo ningún sonido, ni los maullidos de las niñas ni los chillidos histéricos de su dueña.

La señora Pérez, entre sollozos, se acercó al abrigo rojo, le desató el cinturón, le desabrochó los botones, y quiso recuperar los cuerpos de sus niñas. Pero bajo el abrigo no había nada, ni sus niñas ni los dos jerséis gordos de invierno, ni sangre, nada. Buscó en los bolsillos exteriores sin encontrar nada, pero en los interiores, por desgracia, encontró el cuerpo roto del loro.

Cuando la señora Pérez, algo desquiciada, quiso guardar el abrigo rojo en el armario, el abrigo volvió a cobrar vida, se le puso encima, embutió las mangas en sus brazos, se adaptó a su talle, se abrochó los botones, y se ciñó el cinturón. Los chillidos histéricos no duraron mucho, tampoco la respiración, y esta vez el azul me muero conjuntó con el rojo, y el blanco estoy muerta quedó fijado en su cara, resaltado por el color del abrigo.

El señor Pérez despertó por la mañana, y se encontró con una escena de lo más tétrica. Su mujer estaba muerta, de pie, apoyada en el galán de noche, vestida con el abrigo rojo. A sus pies estaban las tres gatas, “las niñas” como ella siempre las llamaba, muertas, como si una mano gigante las hubiera aplastado, y la mano izquierda de su mujer sujetaba el cadáver del loro.

Cuando el señor Pérez salió del shock, llamó a la policía y les contó que él no había oído nada esa noche, que no tenía ni idea de lo que había podido pasar, que por descontado él no tenía nada que ver. El caso era tan raro que le creyeron.

El señor Pérez regaló las pertenencias de su mujer, y la mayoría de su ropa la llevó a un outlet del barrio. Cuando salía por la puerta, alcanzó a escuchar un “¡Dios mío, que abrigo rojo tan mono!”.

read more "El abrigo rojo"

jueves, 17 de enero de 2013



Hermano Mayor

Aljandro Morales Mariaca





Djibunti, a tres kilómetros de Pretoria, Sudáfrica

Todo se fue al carajo. ¿Puedes creerlo?

Sí, todo se fue a la mierda. Pero lo que realmente me aterra es lo rápido que sucedió. Dos meses; bastaron dos meses para que todo se viniera abajo. ¿Puedes creerlo?

No, sé que no.

Y en este tiempo nadie ha sabido dónde o cómo comenzó todo esto. ¿Recuerdas como todos opinaban pero nadie sabía realmente una mierda? Algunos decían que comenzó en Rusia, otros decían que en China, otras más que en Iran y los más estúpidos decían que fue aquí, en África. ¿Te lo imaginas? Algunos sostenían que era por un virus o una cosa así; del resto mejor ni hablamos, eso de que el origen de todo esto es la radiación de un cometa, los marcianos o el maldito Día del Juicio son estupideces. Te lo digo, hermano, son desvaríos de locos.

Aunque claro, el que los malditos muertos se levanten de sus tumbas también es de locos.

Sí, el mundo se volvió loco, y nosotros junto con él. ¿Recuerdas cómo esos malditos blancos nos culparon a los negros de embrujarlos a todos con vudú? ¡Imbéciles! Que me parta un rayo si tengo pinta de haitiano. ¡Malditos, ojala que esas cosas los hayan devorado a todos!

Perdona. No debí molestarme. ¡Pero eran idiotas!

Ya no importa. Todos se han ido.

Yo creo que ese científico de la tele tenía razón, al menos parecía que sabía de lo que estaba hablando. Sí, yo creo que esto comenzó en Rusia y también creo que es por culpa de un virus. Sí, tuvieron que ser esos malditos rusos, ¡Los malditos rusos y sus malditos virus! Sabía que tarde o temprano ellos nos arrastrarían al infierno. Pero me equivoque, hicieron algo mejor, arrastraron el infierno a nosotros.

No me mires así, hermano. ¡No estoy loco! Tan sólo hay que mirar por la ventana. ¡Mira, los muertos devoran a los vivos! Si esto no es el infierno entonces no se que será.

¡Y luego esos malditos chinos!

¡Esos pobres chinos!

Tenían que ser tantos, mil millones de almas devoradas y ahora hambrientas. ¿Por qué no podían quedarse en su país? Al menos los rusos intentaron detener la infección volando sus plantas nucleares. Algo exagerado si me lo preguntas, porque no sirvió de mucho; sí, mataron a miles, pero había muchos más deambulando ya por todo el mundo.

Ahí fue cuando la cosa empezó a pintar mal de verdad. Los aviones dejaron de volar, se terminó el gas, la electricidad, la gasolina. Ya no había internet, celulares, computadoras, televisión, ni siquiera radio. El alcohol, el tabaco, las medicinas e incluso los alimentos comenzaron a escasear. Claro, no es que tuviésemos mucho de eso por aquí, pero el hecho de que existieran en el mundo me hacía creer que algún día los podríamos tener. ¡Pero ya no más!

Es una lástima.

¿Recuerdas lo que sucedió entonces? Ya no había información sobre el mundo exterior. Todos se volvían locos porque querían saber lo que sucedía. ¡Cómo si eso hubiese servido de algo! Sí, recuerdo bien los primeros días, todo era muy tranquilo, casi normal. Hasta que esos malditos podridos comenzaron a llegar. Al principio eran pocos, era fácil deshacerse de ellos, un buen golpe en sus asquerosas cabezas y todo terminaba. Pero pronto fueron más y más y más. Primero fueron cientos, después miles, venían de Pretoria y Johannesburgo. ¿Recuerdas como el viejo John se vistió de esa manera tan graciosa y los enfrento él solo? Pobre anciano loco, logró derribar a dos de ellos, pero eran demasiados. Sólo dejaron sus huesos secándose al sol.

Todo fue tan difícil después de eso.

Papá y mamá murieron, bueno, lo hicieron, ¿no? Al menos durante unas horas, y nos quedamos completamente solos hermano. Aún puedo recordar el rostro de mamá mientras intentaba morder mi pierna. ¿Qué más podía hacer? Me tomó horas quitar los restos de su cráneo de mis zapatos. En ese entonces deseé tener un arma y salir a la calle a matar a todos los podridos que se cruzaran en mi camino. Pero claro, aquí no es Estados Unidos, no hay armas en cada casa. Quizá fue lo mejor, no soy un vaquero y no habría podido avanzar ni dos calles antes de ser devorado.

Se acerca la noche. Los gemidos de esas cosas son peores por la noche. Juro que si paso más tiempo oyéndolos me volveré loco. Sé que sabes a lo que me refiero.

¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que vimos a alguien con vida? Creo que ya no recuerdo cuándo fue la última vez. Si no fuera por ti, hermano, estaría completamente solo, lo sabes, ¿no? Creo que los últimos fueron aquellos soldados de casco azul. ¿Cuántos eran? ¿Veinte? ¿Treinta? Prometieron volver por nosotros. Pero no han vuelto, ¿o sí?

Ésta es la última lata de comida. Pronto tendré que salir a buscar más. Pero cada vez hay más podridos allá afuera. La última vez recorrí cerca de la mitad del pueblo sin encontrar nada. Y esos malditos me persiguieron desde que puse un pie fuera de la casa, incluso algunos corrían para alcanzarme. ¡Maldición, que rápido corren esos desgraciados! Dos veces estuvieron cerca de morderme. Quizá deba esperar al anochecer, tal vez entonces tenga mayor oportunidad de evitarlos, aunque sin luna será imposible encontrar algo. ¡Carajo! ¿No pueden darnos una maldita oportunidad?
Lex

Estoy cansado hermano, muy cansado. No duraremos mucho más. ¡No! Deja de mirarme así. Sabes bien que no tenía más opción que amarrarte a la cama. ¡Intentaste morderme! ¿Qué más podía hacer? ¿Por qué tenias que salir solo a la calle? ¿Por qué dejaste que te mordieran? ¿Por qué no pudiste permanecer muerto?

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jueves, 10 de enero de 2013





LO ÚLTIMO QUE SE PIERDE
Carlos Mateos López

“…otro de los puntos negros de la ciudad se encuentra en el semáforo que regula el tráfico entre la rue Beaujon y la avenue Houche (…) Según un informe policial, al que ha tenido acceso este semanario, el citado lugar encabeza la lista de accidentes peatonales con resultado de muerte desde que iniciara la publicación de este tipo de estadísticas por parte de la gendarmería…”
“Enamorados con la muerte”, artículo de Sophie Byrka y Dephine Lechevallier en PARÍS MATCH, #2485 (14/02/1996)

Nada cambia si todo sigue igual y, sin embargo, no es éste un acto tan significativo como el que más, piensa. Y ante este pensamiento, ladea la comisura izquierda de la boca y se eleva unos centímetros sobre la punta de los pies. Como de costumbre, la ciudad recoge durante el atardecer el cansancio de aquel ímpetu matinal con el que había amanecido. El ruido centelleante de los automóviles, con su efecto Doppler apenas perceptible, le atrae como lo haría el rugido moribundo de las olas de un mar en calma. ¿Por qué sigo aquí? ¿Por qué mi alma no abandona este lugar? Y también, ¿qué tipo de acto es aquel que nunca ha sucedido? ¿Qué nombre recibiría? Mira una vez más el semáforo para peatones. El rojo le sumerge más en sus pensamientos. ¿Se puede expresar todo sin expresar nada? La figura humana ensangrentada en electricidad parpadea y, cinco segundos más tarde, fallece en la oscuridad. El verde le devuelve a la vida, a la movilidad.

Comienza a cruzar la avenida.

Le restan tan sólo cinco pasos para alcanzar la acera cuando la figura vestida de verde se desvanece por primera vez. A razón de un paso por parpadeo lumínico, aquella simultaneidad le delata. Todo se confirma justo cuando sus dos pies se detienen en la calzada y el semáforo para peatones cambia, una vez más, de verde claro a rojo chillón. Nada cambia si todo sigue igual, grita en silencio. A continuación, se da la vuelta y, sin embargo, no es éste un acto tan significativo como el que más.



read more "Lo último que se pierde"

miércoles, 2 de enero de 2013





He empezado el año con una buena ducha caliente, no tengo resaca, de la jefa no sé nada desde hace unos días y, como he encontrado las gafas, tengo una percepción inusualmente clara de la vida. De la mía y de la de los otros.

El año pasado comenzamos en La voz del Espejo con mucho empuje pero sin orden ni concierto. Era mi primer trabajo como casi-autónomo y lo quería todo a la vez. Aun así nos fue bien. Cosas de contar con autores de calidad.

Este año las cosas serán diferentes: Una publicación a la semana, si las hay.

Sin desgastarnos.

Reclutaremos al menos un par de veces por semana. Necesitamos colaboradores, vivimos de eso. Sin embargo no nos desgastaremos.

Y así es como van a ser las cosas por aquí en los próximos 12 meses.

Esperamos veros por el espejo con vuestras esposas, maridos e hijos. Todos los jueves.
Saludos

Nada de desgaste. Nada de desgaste.

Voy por un café, que esto de la sensatez me está sentando fatal.
read more "Para el 2013"
 
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