martes, 5 de febrero de 2013

¿Quién puede quererte? - Primera parte




Cuando aquella lejana noche de noviembre descendí del carruaje lo hice como un hombre de éxito, con el corazón henchido de amor propio. Y lo cierto es que no me faltaban motivos para sentir esto: ¿o acaso es fácil vender telas de Castilla en un país lleno de estómagos vacíos? Sólo mi extraordinaria habilidad como vendedor lo hacía posible, y disponer de esta certeza allanaba significativamente los muchos planes de futuro que pululaban por mi cabeza en aquel instante. Despedí al cochero hasta el día siguiente con una generosa propina —suficiente para una sopa caliente y para el heno de los seis mulos que tiraban del coche— y subí las escaleras del hostal con la mano puesta en la bolsa preñada de reales que me colgaba del cinturón. Una sonrisa surcaba mi rostro: sí, lo había vendido todo, hasta el último retal; nadie podía negarme ese triunfo. Regresaría al hogar con dinero suficiente para reparar las dichosas tejas que dejaban pasar la lluvia en otoño, y sobre todo para comprarle a mi esposa, Regina, aquel precioso colgante bañado en oro blanco que debió sellar nuestro día de bodas, si la precaria situación económica que atravesábamos por entonces no lo hubiese impedido. Pero ahora el panorama era distinto, ¡y había tanto que celebrar! La hermosa imagen de su vientre embarazado se adueñó de mis pensamientos, restando importancia a todo lo demás. ¿Qué otra cosa podía contrarrestar la fuerza de su significado? Ni siquiera la agriada expresión del hostelero, fiel exponente del profundo desencanto general que imperaba en todo el país, logró contristar el dulzor que sentía en mi interior.

     —¿Una habitación libre? —gruñó escrutando atentamente mi figura desde el mostrador—. ¿No será uno de esos mala sombra que va por ahí con un arcón a cuestas, verdad? ¡Bien!, ya veo que no trae más equipaje que lo que tiene puesto, y que no puede haber nada malo tras esa sonrisa de felicidad que le llena el rostro. Lamento ser tan cauto, pero hay que andarse con ojo estos días, ¿sabe? Sobre todo con esos malditos arcones que todo el mundo va dejándose olvidados por ahí, y que no pueden contener nada bueno (ni vivo).

     Tras hacerme una relación tan escueta como fría del menú que su apática esposa  podía preparar —sopa o gachas—, y que rechacé del modo más educado posible por hallarme terriblemente cansado, me extendió la llave de la habitación, murmurando un rabioso galimatías acerca del Rey Felón y los Cien Mil Hijos de San Luis, a los que acusaba de vagos y bandoleros, además de ser los causantes de la mayoría de males que asolaban el país. Luego besó la faz de uno de los escudos que le entregue como pago, añadiendo: «Y con todo, ¿a quién voy a querer más que a ti?, maldito inútil afrancesado», y me guió escaleras arriba hacia mi aposento; un espacio relativamente limpio, al menos hasta donde alcanzaba la luz del candil, donde únicamente el camastro en el que habría de descansar pedía perdón de antemano por su aspecto poco salubre, y por la virulenta fauna que, de seguro, poblaba sus raídas mantas, un perdón que, dicho sea de paso, estaba dispuesto a conceder. «Sí, el colchón está algo usado», reconoció honestamente el hostelero, «pero, ¿qué son unas pocas chinches cuando hay sueño, verdad? Ya tendrá tiempo por la mañana de recuperar la sangre perdida con un buen desayuno». Entonces, tras desearme buenas noches, se marchó de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

     El esfuerzo del viaje reclamaba descanso, y mi feliz estado de ánimo hacía posible que este pudiese disfrutarse en el más desfavorable de los escenarios, por lo que me puse cómodo al instante, deshaciéndome de la capa y las botas y deslizándome sin pensarlo sobre el lecho infecto con una sonrisa de suprema felicidad. Ni que decir tiene que los pensamientos que precedieron al sueño trataron sobre mi regreso al hogar y las recompensas que allí encontraría. Estaba seguro de que mi jefe, el Sr. Grau, valoraría justamente mis logros, otorgándome por fin el merecido ascenso que tantas veces le había pedido; en cuanto a Regina, ¡oh, mi amada Regina!, el colgante sería sólo el primero de muchos presentes. Ninguno de ellos podría recompensar la dicha de ser padre, y estaba dispuesto a convertirla en la esposa más envidiada de la ciudad. Pensando esto respiré profundamente y cerré los ojos, dejando que el silencio de la noche inundara mis oídos, hasta que caí en un profundo sueño.

     Pero no habría de despertarme el gallo aquella vez, pues pocas horas después y de manera inesperada, mis ojos se abrieron de par en par, al tiempo que me incorporaba de un salto y examinaba nerviosamente los oscuros recovecos de la habitación. Algo había roto bruscamente mi descanso: el llanto desconsolado de un hombre, una especie de lamento. Encendí la lámpara, comprobando que, salvo por mi persona, la habitación se encontraba igual de vacía que antes. No obstante, el estado de excitación en el que me hallaba me llevó a revisar los mismos rincones una y otra vez, hasta comprender, con una sensación de divertida sorpresa, lo que de absurdo tenía buscar el origen de una voz en los ángulos vacíos de una estancia tan pequeña como aquella. ¡Y sin embargo había sonado tan cerca! Pensé entonces en el viento quejumbroso, y en el rechinar de los clavos en la madera hinchada por la humedad, y decidí no dar más importancia al asunto. Pero cuando me disponía a apagar otra vez la llama del candil, toda explicación razonable se desmoronó por sí sola, pues el silencio de la noche fue roto nuevamente por el mismo fenómeno, esta vez percibido con total claridad: un grito hondo y ahogado que parecía nacer de algún punto de la misma habitación y que estrujó mi corazón al instante, por su proximidad, y por el tono grave y doliente con que fue emitido. ¿Qué podía ser aquello? ¿Podían tener cabida en su explicación, una vez más, el viento y los viejos tablones del hostal? Pero no, aquel lamento era resultado de un sentimiento y un dolor que estaban más allá de las caprichosas circunstancias de la materia muerta; nacían de un corazón vivo y profundamente desolado. Las preguntas y las respuestas se agolparon en mi aturdida cabeza, sin conseguir otra cosa que exacerbar todavía más el desconcierto que reinaba en su interior. De este modo, volví a echar la cabeza sobre la almohada y apagué la luz, permaneciendo el resto de la noche en un incómodo duermevela.

Rafael Lindem
     A la mañana siguiente aproveché el frugal desayuno para interrogar al hostelero acerca del incidente de la noche pasada, pero era éste un asunto sobre el que no parecía saber nada y que apenas sí logró despertar su interés, más allá de una breve alusión al peligroso estado de los caminos y a lo prolíficos que andaban los “gritos” por aquel entonces en materia de argumentos. «¡Diablos!», me quedé con ganas de replicar, «pues el mío debía ser el único que carecía de ellos: entró en el hostal a mitad de la noche, subió las escaleras, abrió la puerta de la habitación, se acercó a la cama y , sin motivo alguno, ¡estalló en mi oído!». Sin embargo, la prudencia evitó que siguiese dando más importancia a un asunto que, por lo extraño de su condición, no podía beneficiar en mucho a la reputación de hombre razonable y cabal que me venía definiendo hasta entonces, y a la que indudablemente me debía. Decidí por tanto olvidar todo aquello, adjudicándole el socorrido epíteto de: “todo ha sido un sueño”, y me dispuse a continuar el viaje una vez finalizado el desayuno.


1 comentarios:

gustau dijo... at 6 de febrero de 2013, 0:07

Vive Dios, pardiez y voto a bríos, que con estos avíos quedome pasando frío y si según parece aún dos días debo esperar a saber que más acontece, no se si la paciencia mía aguantará con hombría. Apuraos pues y no tardeis, que esperando aqui me tendreis.

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