jueves, 7 de febrero de 2013

¿Quién puede quererte? - Segunda parte





 De vuelta al interior del carruaje, y a la zaga del sexteto de mulos que hollaba ya el camino bajo la fusta del cochero, mi cabeza se vació de excentricidades y misterios por resolver, cayendo nuevamente en ese solaz venturoso que nos envuelve cuando, tras una larga ausencia, nos sabemos en el camino que habrá de llevarnos de regreso al hogar y al encuentro de nuestros seres más queridos. Poco a poco, con el paso de las horas y mientras observaba el monótono paisaje desde la ventanilla, fui sintiendo el peso del cansancio hundiéndome cada vez más en el asiento, reclamando las horas que no le pude dedicar la pasada noche e incrementando el peso de mis párpados, que pasaron de pestañear distraídamente a cerrarse a cal y canto. Al momento mis labios debieron curvarse en una acusada sonrisa, pues las ruedas del carruaje comenzaron a traquetear por el familiar empedrado de una calle no menos familiar. Por la ventanilla aparecieron los sucios muros del barrio donde se levantaba nuestro modesto hogar. Sabía que estaba soñando, pero mi corazón se desbocó igualmente conforme nos acercábamos al viejo edificio con el tejado roto y la arcada del patio interior donde días antes me había despedido de mi amada. Alcé la mirada y observé la tenue luz en el piso de arriba: Regina estaba allí. Volaría escaleras arriba y me reuniría con ella, y con nuestro futuro hijo. ¡Aguarda, Regina! ¡Ya casi he llegado a casa! El coche se detuvo, pero cuando llevé mi mano a la puerta con intención de abrirla y saltar fuera, un terrible grito me hizo abrir los ojos y enfrentarme de nuevo al páramo silencioso y carente de vida que discurría lentamente ante la ventanilla. Tardé algún tiempo en reaccionar: «¡Otra vez ese grito!». Miré de un lado a otro, buscando infructuosamente el origen de aquella voz atormentada que creía haber dejado en la habitación del hostal junto al colchón cuajado de chinches, pero que debía haberme seguido hasta el interior del carruaje, acompañándome durante todo el trayecto. ¿Era esto posible? ¿Podía un grito albergar la capacidad de seguir los pasos de alguien y convertirse en su sombra? Aturdido me pregunté si no estaría perdiendo la razón, justo cuando el mismo grito regresó con una nitidez escalofriante, haciendo innecesaria la pregunta. El extraño polizón se encontraba allí mismo, a mi lado, invisible tras el traqueteo del carruaje y los gritos del cochero en el pescante, tras el viento del páramo, tras mi agitada respiración, preparándose para emerger de nuevo en cualquier momento, desafiando toda lógica. Pensar en ello me produjo un molesto desasosiego; la sensación de estar perdiendo todo contacto con la realidad, y de ser yo, hasta cierto punto, el único culpable de este proceso. No lo permitiría. Haciendo acopio de todo el ánimo que fui capaz de reunir, soporté el resto del viaje con la firme convicción de desdeñar cualquier nueva manifestación de la fantasmal voz —«si la ignoras desaparecerá»—, pero esta, he de decir, distó mucho de saltar por la ventana y perderse en el páramo tras un nuevo compañero de viaje. Al menos en cuatro ocasiones volví a sentirla a mi lado, expresando aquel mismo dolor desmedido que me erizara la piel en la cama del hostal.

     Para cuando el cochero creyó oportuno detenerse en un pequeño pueblo y dar descanso a los mulos, bajé del coche plenamente convencido de que tenía un gran problema, y que no podía retrasar por más tiempo la búsqueda de una solución. Pero no la buscaría en el incrédulo cochero, ni en las mesas de la taberna a donde éste se encaminó tras refrescar a los mulos y darles de comer; mi necesidad me llevó a adentrarme por las estrechas calles del pueblo, preguntando aquí y allá por la localización exacta de algún médico o sanador que pudiese ayudarme. Mientras tanto, iba buscando las palabras adecuadas para, llegado el momento, exponer mi problema sin parecer un loco o alguien a quien no tomarse excesivamente en serio. Podrán hacerse por tanto una idea de lo sorprendido que quedé cuando, de pie ante la entrada de la modesta farmacia a la que mis pesquisas me habían terminado llevando, leí inscrito en la puerta:

“BOTICARIO
MÉDICO
Y PASTOR DE VOCES”

II
     —Se lo garantizo caballero, no hay la menor señal de enfermedad. Tampoco encontré rastros de agotamiento o excitación nerviosa. Se puede decir que está totalmente sano.

     Quien así hablaba era un hombre de mediana edad, hundido en los pliegues sobresalientes de una vieja levita mucho mayor que él, y al que se le adivinaba un profundo conocimiento práctico en todo aquello que hacía o decía. Sus ojos, redondos y llenos de vida, me habían escudriñado durante el laborioso proceso de diagnóstico al que fui sometido: al colocar el frío estetoscopio sobre mi pecho; al golpear mi pobre rodilla repetidas veces con su martillo de reflejos; al leer tras una gruesa lupa el lenguaje silente de mis asustados ojos; así como al desplegar toda una metodología de lo más extraña que llegó a hacerme sentir ridículo y víctima de alguna pesada broma. Pero aquel hombre no sonreía; pensativo, se acarició el cabello rizado y canoso, antes de dirigirse a la mesa de la consulta y abrir un pesado libro que había sobre esta. 

     —No, ese síntoma que menciona, esa voz de hombre que solo puede oír usted, se debe a otra causa —dijo mientras ojeaba absorto las páginas amarillentas y desgastadas del libro—. Hace algún tiempo que no veo algo igual, aunque, para su tranquilidad, le diré que ha ido a parar a las manos adecuadas para un caso como el suyo.

     Tumbado en el diván, me dejé estremecer ante el millar de posibilidades que encerraba aquel «…un caso como el suyo».

     —Entonces he debido perder la razón —respondí nerviosamente—, o el mismísimo demonio me ha echado el ojo.

     El hombre cerró el libro, negando con la cabeza.

     —Tampoco está loco, y el maligno no tiene cabida en mi método. No, señor mío, usted padece de algo que los pastores de voces convenimos en llamar orphanósfono o huésped del oído; un mal poco común y de lo más desconcertante. Básicamente no es muy distinto de ese otro problema que convierte los conventos de este país en casas de acogida para cientos de niños abandonados. Ese grito que menciona, al igual que los huérfanos, busca el calor de un hogar, un dueño, alguien de quien formar parte, y usted se ha convertido en su objetivo.

     —¡Pero yo no necesito ningún grito! —protesté indignado ante aquella idea, tan fantástica como injusta, de adopción involuntaria—. ¿Por qué iba a querer un grito tan horrible como ese? Míreme bien, caballero, ante usted tiene al mejor vendedor de Textiles Grau y asociados. Mi esposa me espera en casa, y dentro de poco seré padre; en mi vida no hay lugar para gritos.

     —Eso, señor, no le importa al orphanósfono, al igual que a la polilla le trae sin cuidado la opinión del farol cuando revolotea a su alrededor.

     Me sentí desfallecer.

     —En ese caso ayúdeme, se lo ruego, haga todo cuanto esté en su mano para apartarlo de mi lado. No puedo llevar esa… voz a mi hogar.

     —Cálmese —me recomendó amablemente—. Por ahora es fundamental que mantenga la calma; la presencia del orphanósfono puede alterar profundamente los nervios del paciente, haciendo que éste pierda el control y entorpezca el proceso de sanación. ¿Entiende lo que quiero decirle?

     Asentí con la extraña sensación de estar obligado a naturalizar lo antinatural, a convertir en convicción lo que, a todas luces, sólo podían ser preguntas y reproches: «¡oh sí, claro, mantendré la calma; después de todo sólo se trata de un extraño compañero de viaje! ¿Recuerdas cuando el Sr. Grau te contó aquella larga y fastidiosa travesía en un barco atestado de gente? Esto sólo es un poco diferente». Comprendiendo el esfuerzo que estaba realizando por comprender la situación, el boticario se me acercó y colocó su mano sobre la mía en un gesto tranquilizador.

     —Muy bien. Ya le he dicho que se encuentra en las mejores manos posibles. Mi padre fue pastor de voces antes que yo, así como su padre y el padre de este; sé todo lo que hay que saber al respecto. A lo largo de mi vida me he enfrentado a risas, suspiros e incluso canturreos, y también a algún que otro grito, cada vez más abundantes en estos tiempos que corren.

     —¿Y cómo piensa ayudarme?

     Pero la respuesta a esta pregunta no me fue dada en ese instante, sino durante los cinco largos y fatigosos días que pase encerrado en aquella botica. El pastor —como le gustaba ser llamado—, entregado a unos métodos de trabajo tan extraordinarios como el problema que pretendía resolver, demandó desde el principio la mayor intimidad, evitando toda interferencia del exterior en el proceso. Siguiendo sus consejos, pagué los honorarios del cochero y prescindí de sus servicios hasta nueva orden; también envié una carta a mi amada, advirtiéndola del retraso que sufriría mi llegada y apelando a su paciencia. Por lo demás, el exterior dejó de existir para mí, pasando a vivir entre alambiques, retortas burbujeantes y libros que habrían levantado fácilmente las sospechas del Santo Oficio, y todo ello siempre bajo la tenue luz de algunas lámparas de aceite dispuestas alrededor del recinto, cerrado totalmente a la luz del sol. Allí, en la penumbra, sólo quedamos el orphanósfono, el pastor, y yo.

     El primer día lo pasé respondiendo a las preguntas que me hacía el pastor, mientras era abordado una y otra vez por el horrible grito, cada vez más persistente en sus manifestaciones. Estas preguntas pretendían dibujar un perfil aproximado del orphanósfono, siendo indispensable para tal fin que me mantuviese lo más sereno y ecuánime posible. Con gran esfuerzo, fui contestando: «Su intensidad es fuerte, y dura unos pocos segundos». «Es la voz de alguien más o menos de mi edad, quizá algo mayor, aunque no puedo asegurarlo». «¿Cómo saber qué acento tiene un grito?». «No, no es terror; es producto de la desesperación, un grito de dolor como jamás he oído antes»… El pastor, sentado en el escritorio, iba anotando en un papel cada una de mis respuestas, cotejándolas cuidadosamente con el interior de un enorme libro que rezaba en su portada: Voxis compendĭum, y que no cerró hasta altas horas de la madrugada, momento en que señaló el lugar donde dormiría y me dio un par de tapones para los oídos.

     —Son de cera —dijo—, ungida en un aceite jurdano que atenuará su percepción del  huésped y le permitirá conciliar el sueño. Mientras tanto procure llenar la mente con imágenes alegres de su hogar y su esposa; utilice la imaginación para levantar escenarios donde no tenga cabida ningún grito.

     Esto último no entrañó ninguna dificultad para mí; deseoso como estaba de regresar al hogar y estrechar a Regina entre mis brazos, mi mayor consuelo fue llenar la cabeza con imágenes del que sería mi retorno, libre al fin del extraño acompañante que me había tocado en suerte, y que no abandonó su empeño de hacerse notar, aunque atenuado esta vez por la cera y las milagrosas propiedades del aceite Jurdano. A la mañana siguiente di cuenta de un sencillo desayuno, compuesto por una cebolla cocida y una infusión de laurel, dieta esta que se convirtió también en almuerzo y cena hasta que el tratamiento hubo concluido, y que el pastor justificó como una herramienta más para conseguir nuestros fines. Del mismo modo, fueron también tachadas de valiosísimas las cucharadas de ajo picado que me fueron administradas cada pocas horas, así como un ungüento granuloso –sospecho que también de ajo– que debía aplicarme concienzudamente en cada oreja y que, según me fue dicho, haría de mis pabellones auditivos un lugar poco grato para el orphanósfono, obligándole a buscar refugios más agradables. Sin embargo, la tozudez de una voz, por naturaleza poco dada a escuchar y a la reciprocidad del dialogo, dejó bien claro desde el primer momento que harían falta mucho más que cebollas cocidas y ungüentos de ajo para ganar la batalla.      Sabiéndolo de antemano, el pastor ya había preparado su particular instrumental de trabajo, consistente en una campana de cristal que me fue colocada sobre los hombros a modo de bacinete, cubriéndome totalmente la cabeza, y una suerte de flauta, conectada a la campana mediante un largo y flexible tubo que haría llegar al interior de esta los sonidos que mi sanador tuviese a bien componer. Encerrado en aquel recipiente de cristal, observé al pastor tomar asiento ante mí, revisar cuidadosamente el instrumento entre las manos y llevarse luego su extremo a la boca: inmediatamente el receptáculo se llenó con una hermosa melodía que ahuyentó cualquier sensación desagradable que pudiera derivarse de la reclusión entre aquellas paredes transparentes; un conjunto de sonidos que sólo podían llamar a la calma y a la felicidad de un espíritu en paz con el mundo y con las resoluciones del destino. Sonreí de forma involuntaria, regresando con el recuerdo a nuestro hogar y a la compañía de Regina. Mi sonrisa creció, mientras la melodía fluía ininterrumpidamente, evocando imágenes de ella y de mi hijo, aún por nacer. Al mismo tiempo sentía al orphanósfono, debatiéndose entre las notas de la melodía, lanzándose una y otra vez contra mi oído, cada vez con más fuerza. Pero el pastor había convertido el escaso aire del bacinete en un país extranjero para cualquier voz que no cantase o riese de alegría, y esto terminó repercutiendo en la tenacidad de sus ataques. Al acabar el día, apenas se hacía oír. La estrategia se repitió durante tres jornadas, acompañada de la dieta ya mencionada y las unturas de ajo para el oído, que contribuyeron a la debilitación paulatina del huésped, hasta que al quinto día se procedió a su expulsión definitiva. Para tal efecto, el pastor realizó un último cambio en el procedimiento. Hasta ese momento, la amable melodía había continuado asfixiando el habitad del grito, convirtiendo su presencia en algo totalmente fuera de lugar. Allí, entre las imágenes que evocaba la música, su presencia desentonaba como un «hola» cuando hay que decir «adiós», menoscabando cualquier sentido que pudiera tener su existencia y condenándolo al ostracismo de lo prescindible. «Aquí no hay sitio para ti», decía la música a una voz cada vez más desplazada, empeñada en hacerse oír bajo capas y capas de felicidad, «vete, márchate, ¿quién puede quererte?». Entonces, en un último e inesperado giro, el pastor cambió la entonación de la partitura, transformándola en un vertiginoso torrente de energía furiosa. Las notas, antes suaves y amigables, comenzaron a rebotar contra el cristal del bacinete como el plomo de un reñido tiroteo, tiñéndose poco a poco de cierto componente trágico; una entonación cargada de un dolor y una tristeza enormes que parecían no tener fin. «Ven ahora conmigo», decía aquella nueva melodía, «conmigo estarás bien. Ambos hablamos el mismo idioma». Y el orphanósfono, creciéndose de nuevo al encontrar una compañera de correrías, llenó la burbuja de cristal con toda su furia y dolor, haciéndome temblar. Pero el pastor ya había puesto en marcha su trampa: los dedos de este iniciaron un suave retroceso sobre los agujeros de la flauta, invirtiendo las notas de la melodía y haciendo que esta fuese hacia atrás. Lentamente, la música desapareció por el tubo del bacinete, regresando al instrumento del pastor y dando paso a un silencio libre de impurezas donde, por primera vez en días, me sentí libre del pernicioso grito. ¿A dónde había ido? ¿Seguiría allí, escondido en alguna parte, o había sido absorbido también con la fatal partitura? Tras un instante de indecisión, la sonrisa del pastor arrojó algo de luz sobre este punto, antes de que retirase la cubierta de cristal y me dijera, con un apretón de manos:

     —Enhorabuena, señor, el tratamiento ha sido un éxito. Puede usted volver a su hogar cuando guste.

2 comentarios:

gustau dijo... at 10 de febrero de 2013, 0:29

Mágico y triste a la vez, una historia curiosa, irreal pero "creible".

M.Mac dijo... at 10 de febrero de 2013, 12:40

Sorprendida con este giro. Ahora ya se que no son fantasmas.

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