jueves, 14 de febrero de 2013

¿Quién puede quererte? Tercera parte





III
     Nunca antes había reparado en el peso de una voz —¿existía alguna forma para calcular su gramaje? ¿Onza, quintal…? — hasta que, acomodado en el asiento del coche que me llevaba de vuelta al hogar, me rendí ante la poderosa sensación de «no presencia» que imperaba a mi alrededor. El grito había desaparecido para siempre, arrancado de mi persona como un miembro gangrenado al que hubiesen tenido que amputar, pero dejando tras de sí un vacío que se convertía precisamente en la prueba definitiva de su existencia. Observando su ausencia, tan inmensurable como anteriormente lo había sido su presencia, no pude dejar de sonreír. De este modo, con una sensación de ligereza ya olvidada, reposé la cabeza en el asiento y me permití una breve aunque gratificante reflexión, dedicada, como no podía ser de otro modo, al que había sido mi enemigo, ahora derrotado: «Adiós, pájaro de mal agüero, búscate a un casero menos afortunado, que éste tiene aún mucho por lo que reír».

     Horas después me había olvidado de él completamente, abordado por un millar de pensamientos alegres, que iban ganando en fuerza conforme me acercaba a mi destino. ¿Cómo pensar en gritos, con el familiar contorno de la ciudad que me vio nacer recortándose en el horizonte? ¿Cómo cederles el espacio que por derecho natural corresponde al entusiasmo? Cuando viajaba sobre el irregular pavimento de la calle en la que vivía, mi corazón era ya un saco lleno de grillos, que me obligaba a sacar la cabeza por la ventana del carruaje y esforzarme en distinguir las tejas desvencijadas de mi hogar. Finalmente, nada más detenerse el coche, salté raudo hacia la familiar arcada que daba al patio interior y subí las escaleras con una sola idea en mente: abrazar a Regina y compartir con ella las noticias acerca de nuestra nueva situación. Henchido de felicidad me anticipaba a los hechos, imaginando su hermoso rostro, sonriendo orgulloso, al saber que gracias a mis esfuerzos nuestro hijo no conocería los avatares de un techo roto. Merced a la influencia de tales pensamientos, la austeridad que encontré al abrir la puerta me pareció tolerable por primera vez en mucho tiempo. Los muebles desvencijados y las paredes desconchadas por la humedad habían dejado de ser horribles, convirtiéndose sólo en un mal pasajero. Lo único importante era reunirme con ella. Caminé hacia su habitación sin poder reprimir la alegría que me embargaba: «¡Regina! ¡Regina! ¡Ya estoy en casa!». Pero al alcanzar el umbral me detuve en seco. Un adusto caballero salía de ella en ese instante con un maletín de medicina. Al verme inclinó la cabeza en señal de respeto, gesto que oprimió mi corazón de instintiva y terrible anticipación. Sus labios se movieron lentamente, emitiendo unos sonidos que me negué a escuchar —¡hay voces, señores míos, que deberían estar prohibidas!—, y que no hallaron respuesta de los míos. Por todo, le devolví el saludo, casi reflejando indiferencia, y me adentré en la habitación, donde encontré a algunos de nuestros vecinos, murmurando en la penumbra. Giraron sus cabezas hacia mí, pero no dijeron nada. Yo tampoco dije nada. Caminé entre los platos que había repartidos por el suelo, dispuestos como recipientes para el agua de las goteras. Ni siquiera me paré a observar el agujereado techo; bastaba con sentir las corrientes de aire helado que este escupía, para comprobar que su estado  se había deteriorado últimamente. Pero una vez más preferí ignorarlo. Las cosas cambiarían, convertiría hasta el último rincón de aquel mísero lugar en un hogar feliz, que atrajese todas las risas del mundo. Sólo tenía que reunirme con ella. Sólo eso. Me acerqué a los pies de la cama y la observé: alguien había cubierto su cuerpo con una manta, dejando a la vista únicamente un mechón de cabello derramado sobre la almohada. Su quietud me abrumó, así como los contornos de su vientre bajo la manta. Una de las vecinas se me acercó. Era una mujer de edad avanzada que estuvo presente el día de nuestra boda, pero cuyo nombre era incapaz de recordar en aquel instante.

     —Es una pena que no llegase antes —dijo esta, colocando su mano huesuda en mi hombro—. La fiebre no esperó, y sabe Dios que a ella le hubiese gustado tener tiempo de despedirse. Lo siento. Todos lo sentimos.

Rafael Lindem
     Se retiró de nuevo a las sombras, con el resto de la dolorida congregación que comenzaba a abandonar la habitación sin dejar de murmurar. Querían dejarme a solas con mi dolor; con mi miseria. Me sentí desfallecer. Las piernas empezaron a temblarme, sometidas por una fuerza incontrolable que crecía en mi pecho, extendiéndose a cada extremidad; el dolor se abría camino, como la sangre en las venas, como una verdad absoluta. Los ojos se me anegaron de lágrimas, al tiempo que mi garganta se distendía, dando paso a la rabia y al dolor que luchaban salvajemente por salir. Les abrí las puertas, quise vomitarlos, gritar con todas mis fuerzas, pero… no fui capaz; aquel grito ya no me pertenecía.



2 comentarios:

gustau dijo... at 14 de febrero de 2013, 14:09

Chapeau! Me ha encantado!

María Riarán dijo... at 5 de marzo de 2013, 23:25

¡Wuaw!

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