jueves, 20 de junio de 2013

Ximo Soler: El alquimista y el diablo (Fin)



Ilustración digital diseño gráfico
Gustavo Raga Pascual

El tiempo pasó, las estaciones se convirtieron en años y las tierras del duque se fueron tiñendo de tonos cada vez más lóbregos, hasta que fueron un melancólico reflejo del esplendor que habían vivido tiempo atrás. Tras la muerte de su segundo hijo, Jackes Pierre se entregó con furioso frenesí a la investigación de todo cuanto había ocurrido. Viajo e indagó, leyó y estudió, hasta encontrar una pista sobre alguien que había llevado a cabo un sacrilegio parecido al suyo. Irónicamente, se trataba de un hombre que vivía no muy lejos de allí, en un pequeño pueblo afincado en las costas de Normandía. Montó en uno de los pocos caballos que quedaban en el castillo, y viajó hasta allí en busca de unas respuesta que, en el fondo, tenía miedo de encontrar. El día de su llegada a las tierras normandas había un fuerte viento del Norte, que arrastraba un frío aullido desde el mar. Los lugareños le indicaron el paradero de quién buscaba y pronto encontró una cabaña junto al acantilado, donde vivía el personaje al que tanto había buscado. La vivienda –si se la podía llamar así-, era poco más que un refugio de madera y barro, con una pequeña chimenea sobresaliendo del recubrimiento de paja colocado sobre el tejado. El alquimista llamó a la puerta, y esperó hasta que un anciano delgaducho y cubierto con varias mantas, infestadas de pulgas, le abriese. Jackes Pierre se sobresaltó al verle la cara al viejo, tras aquellas terribles facciones podía intuirse una enorme maldad; mirándole a los ojos, le invadió la certeza de que aquel hombre era capaz de las mayores atrocidades. Para su sorpresa, el viejo soltó una seca carcajada nada más verlo.

            -¡Tú! –y empezó a reír, poseído por el delirio.
            -¿Me conoce? –preguntó Jackes Pierre, sobrecogido.
            -Claro que sí. –contestó el anciano- A ti, y a todos los que también cometieron nuestro mismo pecado. Lo puedo ver en tu mirada como si leyese en un libro, la gente como nosotros tenemos unos ojos… diferentes a los del resto. Los demás no han visto al Diablo cara a cara.
            -¿Qué quieres decir? Yo no he visto al Diablo. –Jackes Pierre comenzaba a ponerse nervioso, a su mente no paraba de acudir el destello de una puerta abriéndose sobre el dibujo con tiza que había trazado en su estudio, años atrás. ¿Se referiría a aquello? Aunque siempre había tratado de negárselo, sabía que vio una oscura silueta emergiendo del círculo de invocación.
            -¡Ya sabes lo que quiero decir! Tú pediste algo abriendo la puerta… y el Diablo te lo concedió.
            -Sí, pero el Diablo no me entregó nada.
            -Sí que lo hizo. ¿Qué fue lo que pediste?
Silencio.
Jackes Pierre sentía como se le aflojaba el esfínter, al tiempo que una debilidad desconocida le invadía las piernas. Tenía miedo, mejor dicho, pavor. No quería hablar a aquel demente sobre Margot, no quería escuchar lo que este le tenía que decir de ella; serían mentiras, estaba seguro. Todo serían mentiras. Finalmente, el mismo impulso que le había llevado hasta aquella escarpada costa, se hizo dueño de su boca y contestó.
-Pedí por la vida de mi esposa. Estaba moribunda… y yo la salvé. –el anciano lo miró profundamente, después acomodó las mantas que envolvían su cuerpo y dijo:
-No la salvaste, muchacho, nunca llegaste a hacerlo. Tu esposa camina ahora por un valle de sombras…
-No… no te creo. Estás loco, maldito viejo.
-Sí, es posible, -contestó el anciano con indiferencia- pero pronto tú también lo estarás. Solo una pregunta más. ¿Tuvisteis hijos tras la invocación?
-Sí, dos, pero ellos...
-Murieron, ¿verdad?. Te recomiendo que exhumes sus pequeños cuerpos. Hazlo y, solo así, serás capaz de comprender la verdad. -y volvió al interior de la cabaña, dejando a Jackes Pierre en la puerta, atemorizado y muerto de frío.
El camino de vuelta se hizo interminable, cuando faltaba muy poco para llegar al castillo del duque, decidió acampar. Quería llegar por la noche a las tierras de su amigo, con el fin de desenterrar los cadáveres de los recién nacidos antes de volver con su esposa. No sabía qué encontraría en sus pequeñas tumbas pero, de una manera u otra, pondría fin a aquella locura. Calló la noche y el alquimista se internó en el cementerio, portando una pala y dos antorchas con las que iluminarse. Tras unos pocos minutos llegó al lugar donde yacían sus hijos, clavó ambas antorchas en el suelo y comenzó a cavar. La tierra estaba húmeda, así que en poco tiempo llegó hasta el pequeño ataúd del que debía haber sido su primogénito. Lo abrió, limpió la tela que lo cubría y, con manos temblorosas, la desenvolvió.
Y el mundo se detuvo.
Lo que tenía entre sus manos no eran los huesos de un bebé, al menos no de un bebé humano; se trataba de los restos de un animal deforme, un monstruo repulsivo que había salido del vientre de su querida Margot. Dejó caer los huesos y se echó las manos a la cara, ahora lo comprendía todo; ahora entendía que hay fuerzas que el ser humano no puede soñar comprender; que hay seres más allá de nuestra realidad que acechan nuestros movimientos, a la espera de un error; y que sus esfuerzos para salvar la vida de su amada habían sido en vano. De pronto, se escuchó un ruido a su espalda y algo cayó con fuerza sobre su cabeza, sumiéndolo en un profundo sopor.  
Cuando el mundo volvió a tomar forma ante él, vio a Margot cavando un agujero junto a la tumba que él mismo había exhumado unas horas antes. Cuando vio que volvía en sí, la mujer –con la ropa desgarrada y llena de sangre en algunos lugares- le miró con una expresión totalmente distinta a la que Jackes Pierre conocía, incluso sus ojos eran radicalmente distintos. Era una total desconocida para él.
-Por fin, mi querido esposo se ha despertado. ¿Qué tal tu viaje, ha sido productivo? Por lo que veo, parece que sí. Has estado a punto de echarlo todo a perder, pero esta noche he tenido un golpe de suerte que me ha salvado. Venía a enterrar otro… inconveniente… y te he visto aquí, junto a las tumbas de nuestros hijos.

-Esos no son mis hijos, son monstruos… cómo tú.

-Eso es más cierto de lo que imaginas. Ninguno de mis retoños lo concebí gracias a ti, ya que eres más estéril que una piedra… eso me ha facilitado mucho las cosas, la verdad sea dicha. El primero, era hijo de nuestro querido amigo Dagón… sí, nuestro amigo Dagón, que lloró tanto como tú al ver muerto al recién nacido y que ahora ha pasado a mejor vida–e hizo una burla de la señal de la cruz, mientras decía estas palabras-, estaba empezando a convertirse en un estorbo…  y el otro es de uno de los monjes, no sé cual, que vinieron para purgar el castillo. Viejos viciosos… estaban deseando que los sedujese, casi ninguno opuso resistencia a mis encantos. En fin… he vivido tiempos muy felices aquí, pero debo marchar, esposo mío, espero que lo entiendas.

-¿Qué has hecho con Dagón? ¿Dónde está? –la información trataba de agolparse sin éxito en su cerebro.

-Con Dagón he hecho de todo, si es a eso a lo que te refieres. -la expresión de la mujer era despreocupada, se expresaba con un desenfado casi doloroso para el alquimista, en aquellos ojos no había ningún rastro de emoción. Cavaba mientras hablaba, como si aquello fuese un desgraciado incidente y lo que estaba haciendo no tuviese nada de personal. Es lo que hay, decían sus gestos, no quería que esto terminase así.

-Dios mío… tú… ¿quién eres?

-¿Yo? Yo tan solo soy un reflejo de vosotros, los humanos, de vuestros miedos y maldades… para ser más exactos, de uno de tus miedos. Yo nací en el mismo momento en el que te lanzabas con furia al estudio de los pergaminos que, esperabas, salvasen a tu esposa. Y mientras pronunciabas aquellas palabras tan deliciosamente prohibidas, yo aparecí en la existencia, con todo lo que tú subconsciente deseaba que fuese tu mujer. Eres inteligente, debiste de notar los pequeños detalles que habían cambiado, pero no querías verlos… deseabas que Margot fuese más inteligente, que se interesase por tus trabajos, que tuviera más carácter y que calentase tu alcoba con pasión… tu mujer no era la que esperabas en todos esto, era demasiado… correcta. Carecía de pasión. En el fondo, fui mejor que ella en casi todo. Pero ahora todo debe acabar, te enterraré y partiré antes de que la gente del castillo note la ausencia del duque.

Margot se acercó a Jackes Pîerre y besó sus labios con dolorosa ternura, luego alzo la pala sobre su cabeza y dijo:

-Lo siento, amor mío, te prometo que fui muy feliz a tu lado. Las cosas que hice, las hice porque estaban en mi naturaleza, podría haber vivido contigo hasta tu muerte, pero la vida es así. Gracias por todo, padre.  


            A la semana siguiente, mientras buscaban al duque, descubrieron una nueva tumba junto a la de los hijos del Jackes Pierre. En ella, había una pequeña cruz donde se podía leer el nombre del alquimista. Poco a poco, la comarca fue cobrando la normalidad y las tierras volvieron a florecer como antaño; pero hay quién dice que, una vez cada muchos años, aprovechando las noches de tormenta, el Diablo, que aun habita en el cuerpo de Margot, visita el castillo abandonado y la tumba de su primer marido y deja sobre su tumba un ramo de flores blancas, mientras el espíritu de él aúlla de dolor. 

Guardianes de Tierra SAnta
Ximo Soler
Ilustración, diseño gráfico
Gustavo Raga Pascual

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