viernes, 7 de junio de 2013

Ximo Soler: El alquimista y el DIablo. (I)


Ilustración de Gustavo Raga Pascual

El fuego se consume en brasas y, mientras pongo en orden algunos papeles que escribí en mi juventud, recuerdo mis andanzas por las amplias tierras de Europa; en estos viajes –dejando atrás mi Valencia natal- tuve la oportunidad de conocer costumbres exóticas, vagar por caminos ancestrales y convivir junto a gentes de todos los rincones. Sin saber muy bien como, mis pasos me llevaron hasta los lúgubres parajes de Bretaña. Allí, debido a una intensa tormenta, tuve que guarecerme en el hogar de un leñador que tuvo a bien alimentarme y darme techo, hasta que la tempestad amainase. En la casa vivían el hombre y su esposa, tres niños -que no levantaban más de un metro del suelo- y la anciana madre del cabeza de familia. En un momento dado, tras una frugal cena, la abuela sentó en torno suyo a los infantes y comenzó a relatarles viejos cuentos que habían pasado de generación en generación, ininterrumpidamente. En ello estaba cuando, sobre el sonido de la lluvia y los truenos, pude escuchar unos aullidos sobrecogedores que me helaron una parte olvidada de mis entrañas. Humedecí mis labios, y pregunté si aquel sonido provenía de los escarpados acantilados, ya que sabía que la costa estaba muy cercana a nosotros. La respuesta del hombre me desconcertó, ya que fue escueta y su rostro rebelaba que no era plato de gusto hablar de aquello.

            -No, es el lamento del alquimista maldito.
           
            Como era de suponer, intenté averiguar más cosas sobre aquel siniestro personaje, que parecía atemorizar a todos los presentes con solo nombrarlo. Finalmente, la anciana –mirando con fijeza hacia la oscuridad de más allá de la ventana- me pidió que me sentase junto al hogar para escucharla mejor, y comenzó a relatar esta historia que yo ahora transcribo tal y como la escuché.

            En aquel rincón de la verde Bretaña hubo, hace ya más de dos siglos, un soberbio castillo, que empequeñecía con sus torres las copas de los árboles más grandes de toda la región. Era un lugar próspero, que había heredado de su antiguo señor un importante mercado y una enorme extensión de granjas bajo su protección; la región era apacible y el actual duque, un hombre maduro a quién su padre –que le legó sus tierras no sin pesar- llamaba con desprecio El filósofo. Su nombre era Dagón, en honor a una vieja deidad marítima a la que su padre veneraba en secreto, y tan solo heredó de su progenitor un interés especial por las artes de los pueblos paganos, cuya cultura y misterios aun impregnaban lo más profundo de los bosques circundantes. El duque reunió en torno a su séquito a un nutrido grupo de sabios: astrónomos, astrólogos, médicos, matemáticos, filósofos y un alquimista llamado Jackes Pierre. La amistad entre ambos creció en poco tiempo, hasta tal punto que era difícil ver a uno sin el otro. Se cuenta que los primeros años del gobierno de Dagón fueron felices, y que la gente del lugar medró enormemente, todos respetaban y amaban al señor del castillo y este los cuidaba como si de hijos se tratase. Sin embargo, al cuarto de año de la llegada del alquimista, ambos hombres se enamoraron perdidamente de una joven cortesana hasta tal punto que la amistad entre ambos se vio en peligro. Finalmente, Margot, pues así se llamaba la muchacha, declaró su amor por Jackes Pierre, lo que hizo que Dagón se distanciase durante algún tiempo del joven alquimista. Aunque aquello no duraría mucho pues, algunas semanas después, el duque se presentó ante la feliz pareja y declaró que no quería perder a un “hermano”, menos aun en una disputa como aquella –al corazón no se le puede engañar, dijo- y bendijo el matrimonio que se celebraría días después.

            Todo parecía haber vuelto a su cauce, la pareja vivía en el castillo con todos los honores y los dos amigos seguían investigando los recovecos de la ciencia alquímica. Llegaron a sus manos los viejos manuscritos que el misterioso rey Salomón legó en testamento a su hijo, un documento con el que se podían convocar extrañas fuerzas con la capacidad de manchar el bien con el mal o tornar en luz lo que era oscuro. El duque planeaba encontrar la manera de descifrar aquel antiguo saber y así poder convertir Bretaña en un lugar maldad, un auténtico paraíso terrenal. Pero algo con más poder que toda su magia se deslizó en el viejo castillo y, sorteando guardias, fosos y portones, se coló en el interior de la fortaleza. La peste, que asolaba los campos de Europa, penetró tras las murallas y reclamó para la negra parca a muchos de sus habitantes. Los brebajes de los médicos poco o nada podían hacer para contener la enfermedad y, una mañana, fue Margot quién amaneció sumida en profundas fiebres. Pasaron las horas y tanto Dagón como Jackes Pierre vieron apagarse el aliento de la mujer que amaban. Entonces, el alquimista se levantó y se dirigió hacia la torre donde se encontraba el pequeño laboratorio en el que llevaban a cabo sus investigaciones; extrajo el testamento de Salomón y comenzó a estudiarlo, intentando encontrar algo que le pudiese ayudar a salvar a su esposa. El cielo se oscureció y las antorchas se encendieron por doquier, convirtiendo el castillo en un conjunto de puntos brillantes en medio de la opresiva oscuridad del bosque. Jackes Pierre pasó hora tras hora consultando los astros, observando la posición de los planetas, calentando plantas y metales en pequeñas ampollas y dibujando un círculo arcano, con tiza, sobre el suelo de la estancia.

            A la media noche, en la hora más oscura, Margot suspiró el último aliento mientras Dagón la tomaba de la mano, justo en ese instante Jackes Pierre convocó a las fuerzas prohibidas del cosmos, para someterlas y que salvasen la vida de su esposa. Mucho se ha hablado sobre aquella noche y la mayoría de cosas son habladurías, sin embargo, todos los que estaban en el castillo coincidieron en que una viento gélido penetró por los oscuros corredores de piedra, abriendo las ventanas y apagando las luces, y que tras ese soplo infernal se hizo tal silencio que nadie se atrevió a moverse durante casi un minuto. Tal fue la sensación de terror que les embargó. Pero algo ocurrió, pues en mitad del sepulcral silencio se escuchó un sonido, el del aliento de Margot, que volvía a respirar.


            La peste desapareció de allí en menos de un mes, y ella se restableció con una rapidez que asombró a todos. La vida les volvía a sonreír, incluso Margot quedó embarazada a las pocas semanas, aunque perdió el niño en el parto. Sin embargo, aunque aquella desgracia provocó un profundo dolor a Jackes Pierre, seguía pensando que cualquier mal era pequeño mientras su amada siguiese con vida. Mucho había pensado en la terrible noche en que abrió la puerta al otro lado, fuese cual fuese ese lado, para salvar a su esposa. Recordaba muy poco, tan solo una intensa luz que brotaba del círculo que había dibujado en el suelo y un intenso olor a encierro que le hizo perder el conocimiento casi al instante. Sin embargo, el resultado era patente, Margot vivía y eso, para él, era suficiente. 


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