jueves, 13 de junio de 2013

Ximo Soler: El alquimista y el diablo (II)


Gustavo Raga

Los días pasaron y una sombra se extendió sobre la primavera de Bretaña, de tal manera que el periodo estival, en lugar de presentarse cálido y lleno de vida, fue bochornoso y angustiante; los marjales se llenaron de mosquitos infecciosos y una extraña enfermedad se apoderó de los rebaños. El verano pasó y llegó el otoño, la cosecha se presentaba lo suficientemente buena como para paliar el hambre producida por la muerte del ganado, pero una repentina semana de intensas granizadas acabó con todos los frutos que la tierra había producido tanto para hombres como para bestias. Tal fue la turbación que se produjo, que las buenas gentes de la zona solo pudieron llegar a una conclusión sobre el origen de tantas calamidades: De alguna manera, la tierra estaba maldita. Presionaron al duque para que hiciese algo, con el fin de eliminar el ambiente ponzoñoso que se había instalado entre ellos. Al final, Dagón accedió y envió una carta de súplica al obispo para que este les ayudaba; este, en respuesta, les envió una comitiva de seis monjes inquisidores que habrían de purgar todo rastro de blasfemia, herejía y harían huir al maligno en caso de hallarlo. Llegaron a las pocas semanas, montados en asnos bajo una intensa lluvia, el duque les preparó alcobas calientes y una cena digna del mejor de los señores; la charla fue animada, si bien algo tensa, ya que había llegado a oídos de los inquisidores la afición del noble por artes de moral dudosa y señalaban con malicia que, tal vez, los problemas de aquellas tierras se debiesen a las malas prácticas de sus señor. Dagón, previendo esto, había pedido a sus sabios que se ausentasen por una noche de las salas principales, queriendo evitar malentendidos con los recién llegados. Por su parte, Jackes Pierre se encerró en su pequeño laboratorio mientras repasaba los manuscritos que había utilizado la noche en que devolvió a la vida a su querida Margot. Trabajó hasta tarde pero, poco a poco -mientras la llama que bailoteaba en las velas de sebo titilaba hasta apagarse-, el alquimista se quedó dormido con profundidad.

            A la mañana siguiente, el sol entró con intensidad a través de la estrecha ventana de la torre iluminando el rostro de Jackes Pierre, hasta que se despertó. Cuando este se incorporó lo primero que sintió fue un punzante dolor de cabeza, como si la noche anterior hubiese bebido más de la cuenta y ahora pagase las consecuencias. A los lejos, se podía escuchar el sonido de una muchedumbre fuera de la fortaleza y gran cantidad de pisadas que subían y bajaban por doquier. De pronto alguien llamó a la puerta del laboratorio, era una llamada rápida e insistente; en seguida supo, fruto del profundo conocimiento que tenía de su esposa, que era Margot quién estaba al otro lado. Se apresuró a abrir la pesada lámina de madera y hierro y la joven se lanzó a su cuello presa del llanto.

            -¿Qué ocurre mi amor? –preguntó él, asustado.

            -Los monjes… -dijo ella entre sollozos entrecortados- están muertos… qué Dios nos proteja…

            Jackes Pierre se lanzó escaleras abajo, sosteniendo a su mujer por el brazo, en dirección a los aposentos que habían ocupado los visitantes. Allí encontró a Dagón, totalmente descompuesto, paralizado por el terror frente a la entrada de una de las alcobas que había puesto a disposición de los inquisidores. Repetía con insistencia una especie de perorata de la que, de vez en cuando, podía entenderse algunas pequeñas frases.

            -Por mis pecados… el Diablo nos ha maldecido a todos… pagaremos todos por mis pecados…


            Cuando el alquimista tocó el hombro de su amigo, este dio un respingo que le hizo saltar hacia un lado, mientras miraba a Jackes Pierre y a Margot con pánico. Acto seguido dio un terrible alarido y huyó de allí, totalmente enloquecido. En ese momento, Jackes Pierre miró lo que había estado contemplando el duque con tanta fijeza. Allí, sobre el destrozado lecho de plumas, yacían –descuartizados- los seis monjes junto a cuatro muchachas que también presentaban heridas parecidas a las de ellos. La sangre manchaba las paredes, el techo y había trozos de vísceras y músculo pegados aquí y allá, como si una fiera antropófaga hubiese estado esparciendo deliberadamente aquellos cuerpos por el interior de la estancia. La noticia corría como la pólvora por toda la comarca: Por los corredores del castillo del duque, el Diablo campaba a sus anchas. Muchas fueron las habladurías que se dispersaron siguiendo a los cuatro vientos, unas decían que los monjes habían sucumbido a la tentación, y habían participado en una orgía con el mismísimo Satanás; otros, que había sido el duque quién, para evitar que descubriesen sus pactos con el maligno, los había matado; aunque también había quién aseguraba que de lo único que era culpable el noble, era de adorar a dioses paganos y a los espíritus que campaban por aquel entonces en los bosques de Bretaña… Lo cierto es que, tras aquello, gran parte de la población huyó para asentarse en los señoríos colindantes, aterrados porque sus familias sufriesen las consecuencias de las blasfemias de Dagón. El duque endemoniado, llegaron a llamarlo en secreto; pero, aunque parecía ausente, él se enteraba de todos estos chismes y cada vez se fue encerrando más en su propia cámara. Hasta que, un día, tan solo permitió que le viesen el alquimista y su mujer. Jackes Pierre, apoyado por Margot, decidió quedarse junto a su amigo, en aquellos tiempos tan difíciles, mientras los demás huían poco a poco del lugar. Sin embargo, también se propuso investigar qué era lo que ocurría allí en realidad, pues temía que todo aquello fuese consecuencia de la invocación que llevó a cabo cuando su mujer estaba moribunda. ¿Qué secretos insondables podía haber corrompido con su precipitada acción, durante aquella tenebrosa noche? Sin embargo, pronto tuvo otras cosas de las que preocuparse, en aquellas fechas su mujer quedó encinta, algo que alegro mucho a la pareja y les hizo sentir un destello de esperanza en un panorama tan terrible. Lamentablemente, ocho meses después, Margot sufrió de nuevo otro aborto y perdieron también a esta criatura. Jackes Pierre estaba destrozado, cuando recibió el bulto envuelto en trapos que debía haber sido su hijo, no pudo menos que preguntarse si aquel era otro de los precios que debía pagar por su pecado. De pronto, las palabras que Dagón había pronunciado hacía casi un año volvieron a su mente: Pagaremos todos por mis pecados… 
Ximo Soler


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